Monseñor Castagna: La misión del cristiano en una sociedad espiritualmente enferma

Monseñor Castagna: La misión del cristiano en una sociedad espiritualmente enferma

24.07.2020      11:34| "Nos corresponde fundamentar la fe que hemos recibido en el bautismo. Para ello está la práctica religiosa en su aspecto sacramental y proyección moral", recordó el arzobispo emérito de Corrientes.


El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, consideró que ante una sociedad “espiritualmente enferma” urge cuidar “un terreno apto para que las semillas del bien y de la verdad - o sea la Palabra de Dios - florezcan y se multipliquen”.

 

“Ardua tarea que compromete a todos, en base a una recíproca animación. Los creyentes, particularmente los cristianos, influyen eficazmente en ella, mientras se mantengan fieles a los contenidos de su fe. Nos corresponde fortalecer y fundamentar la fe que hemos profesado y recibido en el bautismo”, sostuvo en su sugerencia para la homilía dominical.

 

El prelado indicó que “para ello está la práctica religiosa en su aspecto sacramental y proyección moral”, al advertir que “la no práctica, en muchos autocalificados ‘católicos’, constituye el mal que reclama un servicio más enérgico de parte de su Iglesia”.

 

“De la respuesta a ese reclamo depende la revitalización de la fe en nuestras mayorías cristianas. Incluye la previa preparación del terreno - remoción de escombros y fertilización - para la siembra de la Palabra de Dios y su consecuente florecimiento”, subrayó.

 

“Los dos elementos de esa preparación abren un espacio amplio y comprometen, necesariamente, toda la acción pastoral de la Iglesia: su catequesis, su liturgia y su presencia activa en una sociedad que está tentada por algunos ‘ismos’ de pública repercusión: relativismo, ateísmo, agnosticismo y todas las formas detectadas de la negación o prescindencia de Dios”, afirmó.

Texto de la sugerencia


1.- El valor invaluable del Reino. Jesús enseña que el Reino de los Cielos es invalorable. Quien lo descubre se dispone a dar todo lo que posee para obtenerlo. Es preciso comprobar el valor “invaluable” del Reino para apetecer su posesión. Para ello, se requiere recibir la gracia de identificarlo y, en consecuencia, de disponer “venderlo todo” para adquirirlo. Cristo es el Rey de ese Reino y su palabra lo ilustra, lo declara próximo, hasta hacerlo presente: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. (Mateo 4, 17) Su Muerte y Resurrección causa el establecimiento definitivo del Reino de Dios y ofrece su acceso a todos los hombres de buena voluntad. Es urgente actualizar este esperanzador mensaje. La vida contemporánea va a contrapelo del mismo. Lo que el mundo considera de importancia absoluta atenta - con frecuencia - contra los auténticos valores espirituales. Al contrario de la parábola, nuestros contemporáneos - y a veces nosotros mismos – los “venden” o los descalifican para sacrificarlos por las baratijas que satisfacen superficialmente los sentidos. Lo comprobamos a diario, al observar las ofertas de mal gusto que, en simbólicos y seductores escaparates, son presentados a sus incautos consumidores.

 

2.- Depuración de elementos nocivos al espíritu y a la cultura. San Ignacio de Loyola se desprende progresivamente de su adicción a las novelas de caballería, reemplazándolas por las biografías de Cristo y de los Santos. El santo reconoce que durante la lectura de los libros, que le proporcionan durante su convalecencia, experimenta un verdadero cambio espiritual. Advierte que, como consecuencia, su mente y sus gustos cambian de referencias y de preferencias.  Finalmente se decide por la fe e inicia un proceso admirable de transformación, que converge en la santidad. Necesitamos promover la depuración de elementos nocivos al espíritu y a la cultura. En base a la misma es posible un cambio saludable. Gracias a Dios existen personas que favorecen un clima espiritual y cultural apto para renovar las comunidades y el mundo. Los poderes del mal, ahora de manera desembozada, se empeñan en que sus malsanos proyectos prevalezcan a toda costa. Lo consiguen silenciando - mediante el desprestigio y la persecución - a quienes personifican el bien y la verdad. Es fácil comprobarlo: el aparato informativo insiste en remarcar machaconamente los escándalos y la inmoralidad, guardando un silencio sepulcral cómplice cuando se trata de testimonios personales y acontecimientos que muestran los auténticos valores de la verdad y de la honestidad.

 

3.- Una sociedad espiritualmente enferma. La criminalidad, en los estratos bajos, y la corrupción, en los niveles más altos, constituyen el producto de una sociedad espiritualmente enferma. Estamos exigidos, con gran urgencia, a quitar de nuestro cuerpo social los elementos que lo enferman y ponen al borde de la muerte. Coincide con el cuidado de un terreno apto para que las semillas del bien y de la verdad - o sea la Palabra de Dios - florezcan y se multipliquen. Ardua tarea que compromete a todos, en base a una recíproca animación. Los creyentes, particularmente los cristianos, influyen eficazmente en ella, mientras se mantengan fieles a los contenidos de su fe. Nos corresponde fortalecer y fundamentar la fe que hemos profesado y recibido en el bautismo. Para ello está la práctica religiosa en su aspecto sacramental y proyección moral. La no práctica, en muchos auto calificados “católicos”, constituye el mal que reclama un servicio más enérgico de parte de su Iglesia. De la respuesta a ese reclamo depende la revitalización de la fe en nuestras mayorías cristianas. Incluye la previa preparación del terreno - remoción de escombros y fertilización - para la siembra de la Palabra de Dios y su consecuente florecimiento. Los dos elementos de esa preparación abre un espacio amplio y compromete, necesariamente, toda la acción pastoral de la Iglesia: su catequesis, su liturgia y su presencia activa en una sociedad que está tentada por algunos “ismos” de pública repercusión: relativismo, ateísmo, agnosticismo y todas las formas detectadas de la negación o prescindencia de Dios.

 

4.- El equilibrio entre lo nuevo y lo viejo. El broche final del texto sagrado de San Mateo manifiesta lo que ocurre cuando la Palabra, bien sembrada y bien fecundada, ofrece su fruto al mundo: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”. (Mateo 13, 52) Jesús reivindica el esfuerzo por compatibilizar la tradición con el progreso, lo antiguo con lo nuevo. El empeño elogiable por conservar la tradición no inhibe, ni niega, el propósito de una auténtica renovación.  Las radicalizaciones son perniciosas tanto en la política como en la religión. Jesús que es “Dios entre nosotros”, siendo la Verdad rechaza la radicalización de los escribas y fariseos de su tiempo. Los califica de hipócritas y les señala las enormes contradicciones de su comportamiento. El equilibrio de la virtud expresa la Verdad y se pone a su servicio.

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